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Período: octubreŰdiciembre, 2025
Universidad, Ciencia y Tecnología
Vol. 29, Núm. 129 (pp. 95Ű104)
Artículo de revisión bibliográőca https://doi.org/10.47460/uct.v29i129.1014
Violencia escolar: revisión sistemática de factores de riesgo,
manifestaciones y estrategias de intervención
Rosa Hivane Liviapoma Timoteo*
https://orcid.org/0000-0002-4748-3949
rhliviapomal@ucvvirtual.edu.pe
Universidad sar Vallejo
Piura, Perú
*Autor de correspondencia: rhliviapomal@ucvvirtual.edu.pe
Recibido (09/07/2025), Aceptado (19/10/2025)
Resumen. La violencia escolar es un fenómeno complejo con efectos signiĄcativos en el bienestar, la
convivencia y el desempeño académico estudiantil. Esta revisión sistemática, guiada por los lineamien-
tos PRISMA 2020, examinó 65 estudios publicados entre 2018 y 2024 para identiĄcar factores de riesgo,
expresiones del problema y enfoques de intervención. Los resultados indican que variables individuales
como baja autoestima, impulsividad y diĄcultades en la autorregulación emocional se articulan con
dinámicas familiares caracterizadas por violencia intrafamiliar y supervisión limitada, aumentando la
probabilidad de conductas agresivas. Asimismo, se identiĄcaron el clima escolar negativo y la exposi-
ción comunitaria a entornos violentos como predictores consistentes. Las principales manifestaciones
registradas fueron violencia verbal, psicológica y ciberacoso. Las intervenciones más efectivas inte-
graron programas de educación socioemocional, mediación escolar y políticas institucionales sostenidas.
Los hallazgos resaltan la importancia de estrategias preventivas e integrales que involucren a toda la
comunidad educativa.
Palabras clave: violencia escolar, factores de riesgo, intervenciones educativas.
School Violence: A Systematic Review of Risk Factors, Manifestations,
and Intervention Strategies
Abstract. School violence is a multifaceted phenomenon with signiĄcant implications for student well-
being, social coexistence, and academic performance. This systematic review, guided by PRISMA 2020
standards, examined 65 studies published between 2018 and 2024 to identify risk factors, manifesta-
tions of the problem, and effective intervention approaches. Findings indicate that individual variables
such as low self-esteem, impulsivity, and difficulties in emotional self-regulation interact with family
dynamics marked by domestic violence and limited parental supervision, increasing the likelihood of ag-
gressive behaviors. Negative school climate and community exposure to violent environments emerged
as consistent predictors. The most frequently reported forms of school violence were verbal aggression,
psychological violence, and cyberbullying. Effective interventions integrated socio-emotional education
programs, school mediation, and sustained institutional policies. Overall, the evidence highlights the
importance of preventive and comprehensive strategies that involve the entire educational community.
Keywords: school violence, risk factors, educational interventions.
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I. INTRODUCCIÓN
La violencia escolar se ha consolidado como uno de los desafíos más persistentes y complejos para
los sistemas educativos contemporáneos, afectando la salud emocional, la convivencia y el rendimiento
académico del estudiantado. Lejos de constituir un fenómeno aislado, la evidencia empírica indica que
se desarrolla a partir de la interacción de factores individuales, familiares, escolares y sociocomunitarios,
lo que exige un enfoque integrado y multiescalar para su comprensión y prevención. Los estudios
actuales muestran que la violencia adopta formas físicas, psicológicas y digitales, cada una con dinámicas
particulares que afectan la seguridad y el clima institucional en los centros educativos [
1], [2], [3].
En el plano individual, múltiples investigaciones han demostrado que la baja autorregulación emo-
cional, la impulsividad y la presencia de síntomas de ansiedad o diĄcultades conductuales incrementan
la probabilidad de involucrarse en situaciones de agresión, ya sea como víctima o agresor [4], [5], [6].
Estas vulnerabilidades se ven reforzadas cuando existen experiencias previas de victimización, pues se
ha identiĄcado que la exposición continua a violencia doméstica o comunitaria aumenta el riesgo de
reproducir comportamientos agresivos o de ser revictimizado en el contexto escolar [
7], [8], [6]. De
manera complementaria, diversos estudios coinciden en que los estilos de crianza autoritarios, la disci-
plina inconsistente y la escasa supervisión parental constituyen predictores signiĄcativos de agresión en
la adolescencia [
9], [10], [11], [12].
El contexto escolar también desempeña un papel determinante. La literatura evidencia que institu-
ciones con climas positivos, normas claras, cohesión social y participación estudiantil presentan menores
niveles de acoso y conductas agresivas [
1], [2]. En cambio, la falta de regulación, la débil actuación
docente o la ausencia de mecanismos de acompañamiento pueden favorecer dinámicas de intimidación,
exclusión y deterioro de la convivencia. Estas condiciones se entrelazan con factores comunitarios
más amplios, como la desigualdad territorial, la presencia de violencia estructural o el contacto con
agrupaciones juveniles, elementos que inĆuyen en la normalización de la agresión y en la adopción de
repertorios violentos por parte del estudiantado [
6], [12], [13].
Ante este panorama, la identiĄcación oportuna de los factores de riesgo se vuelve una prioridad.
Programas de aprendizaje socioemocional (SEL), estrategias psicopedagógicas, acciones de mediación
escolar y modelos de corresponsabilidad educativa muestran evidencia sólida respecto a su efectividad
para reducir la violencia cuando se aplican de manera sostenida e integral [
13], [14], [15], [3], [16].
Asimismo, enfoques emergentes centrados en la prevención del ciberacoso y en la alfabetización digital
adquieren relevancia frente al aumento de agresiones mediadas por tecnologías, subrayando la necesidad
de intervenciones adaptadas a los nuevos entornos de interacción [
17], [18].
La revisión de estos estudios permite aĄrmar que la violencia escolar constituye una problemática
estructural que requiere respuestas integrales y c ontextualizadas, fundamentadas en evidencia cientíĄca
y sostenibles en el tiempo. El fortalecimiento del clima escolar, la promoción del desarrollo socioe-
mocional, la participación de las familias y el abordaje de la violencia en el entorno comunitario se
perĄlan como pilares esenciales para garantizar entornos educativos seguros y promover el bienestar de
los estudiantes.
II. MARCO TEÓRICO
El estudio de la violencia escolar ha evolucionado desde interpretaciones conductuales aisladas hacia
marcos explicativos multidimensionales que integran factores psicológicos, sociales, institucionales y
comunitarios. En términos estructurales, se reconoce como un fenómeno relacional con impacto en el
desarrollo socioemocional, el desempeño académico y la convivencia escolar [
9]. Las investigaciones
recientes coinciden en clasiĄcarla como una categoría amplia que abarca agresiones físicas, verbales,
psicológicas y digitales, cuyo efecto central es la alteración del clima escolar y de la percepción de
seguridad entre estudiantes [
4].
Desde una perspectiva psicológica, los modelos explicativos enfatizan el rol de la autorregulación
emocional, la autoestima y los rasgos impulsivos como predictores signiĄcativos de participación en
dinámicas de agresión, tanto en condición de víctima como de perpetrador [
5]. Los hallazgos también
establecen que trastornos emocionales o neuroconductuales, como ansiedad, depresión o TDAH, incre-
mentan la vulnerabilidad al acoso, al afectar el afrontamiento y la percepción de control [
10]. Estos
elementos permiten comprender el fenómeno como parte de un proceso de aprendizaje socioemocional
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incompleto más que como un acto aislado.
La teoría del aprendizaje social y los estudios longitudinales refuerzan la idea de continuidad del
fenómeno: experiencias previas de victimización pueden transformarse en patrones cíclicos de revictim-
ización o agresión como mecanismo compensatorio de poder [
7], [8]. Esta evidencia ha impulsado la
necesidad de estrategias preventivas basadas en detección temprana y acompañamiento psicopedagógico
estructurado.
En el ámbito familiar, los enfoques sistémicos identiĄcan prácticas de crianza autoritarias, ambientes
marcados por violencia doméstica y supervisión parental insuĄciente como factores consistentes en la
génesis de conductas agresivas en la escuela [
6], [12]. El hogar, por tanto, funciona como espacio de
modelamiento conductual y regulación emocional, donde la violencia puede normalizarse o prevenirse.
A nivel institucional, los modelos de clima escolar sostienen que la claridad normativa, la justicia
percibida, la cohesión social y la participación estudiantil actúan como elementos protectores frente a
comportamientos agresivos [
1]. Por el contrario, la ausencia de supervisión, la inconsistencia disciplinaria
y la percepción de impunidad se conĄguran como condiciones facilitadoras de violencia escolar [
2].
El enfoque ecológico-so cial complementa esta visión al incorporar el entorno comunitario como com-
ponente explicativo. Factores como desigualdad social, presencia de violencia territorial o p ertenencia a
grupos juveniles aumentan la probabilidad de reproducir conductas agresivas dentro del espacio escolar
[
19], [20], lo que posiciona la violencia escolar como manifestación de tensiones colectivas más amplias
y no únicamente como resultado de dinámicas individuales.
Respecto a las formas de expresión, predominan las agresiones psicológicas y verbales, seguidas por
violencia física y ciberacoso, las cuales generan efectos acumulativos sobre la autoestima, el sentido de
pertenencia y el rendimiento académico [
13]. De manera que, los modelos contemporáneos de inter-
vención han transitado desde medidas punitivas aisladas hacia estrategias preventivas integrales. Los
programas de aprendizaje socioemocional y las intervenciones multiactorales han demostrado mayor
efectividad en la reducción de violencia, especialme nte cuando se aplican de manera sostenida y sis-
temática [
17], [18], [14], [15], [3], [16]. Este cambio evidencia un desplazamiento hacia perspectivas
preventivas, restaurativas y formativas, más alineadas con enfoques educativos inclusivos.
III. METODOLOGÍA
Este trabajo consistió en una búsqueda sistemática de información, con el Ąn de identiĄcar los posi-
bles vacíos cientíĄcos en el área de estudio. Se revisaron documentos de diferentes fuentes, regionales
e internacionales, repositorios, bases de datos y buscadores especializados. Se aplicaron identiĄcadores
normalizados del Tesauro ERIC, UNESCO y MeSH, mezclados a través de operantes booleanos: Şschool
violenceŤ AND Şrisk factorsŤ, ŞbullyingŤ OR Şpeer aggressionŤ AND Şintervention programsŤ, Şschool
climateŤ AND Şmanifestations of violenceŤ, ŞcyberbullyingŤ AND Şschool-based interventionsŤ.
Para que los descubrimientos sean válidos y tengan importancia, se establecieron normas de selec-
ción que concuerdan con PRISMA (Fig. 1). En este sentido, los criterios de inclusión fueron: estudios
publicados entre 2018 y 2024, investigaciones empíricas cualitativas, cuantitativas o mixtas; estudios
que abordaran al menos uno de los tres ejes (factores de riesgo, manifestaciones de violencia escolar, es-
trategias de intervención); que la población estuviera compuesta por estudiantes de educación primaria,
secundaria o media superior; y que estuvieran publicados en revistas cientíĄcas indexadas.
Por otro lado, los criterios de exclusión fueron: estudios no empíricos (editoriales, ensayos, reĆex-
iones teóricas), investigaciones centradas exclusivamente en violencia universitaria o comunitaria sin
conexión con el contexto escolar, artículos sin acceso al texto completo y estudios con deĄciencias
metodológicas graves detectadas mediante herramientas de riesgo de sesgo (ROBIS y CASP).
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Fig. 1. Diagrama PRISMA de selección de documentos.
Se aplicaron herramientas internacionales según el tipo de diseño: ROBINS-I (estudios no aleator-
izados), ROBIS (riesgo en revisiones), CASP (estudios cualitativos) y Cochrane RoB 2 (ensayos clínicos
educativos). Los estudios incluidos presentaron riesgo bajo o moderado, lo que permitió realizar una
síntesis conĄable.
IV. RESULTADOS
La tabla
1 presenta una clasiĄcación que permite observar no solo la presencia de diversas man-
ifestaciones de violencia escolar en la evidencia seleccionada, sino también su coexistencia dentro de
los mismos contextos educativos. La distribución revela que ningún tipo de violencia aparece como
fenómeno aislado, lo que refuerza la idea de que la agresión en la escuela se comporta como un sistema
interdependiente de expresiones conductuales. En lugar de operar como categorías rígidas, la violen-
cia física, verbal/psicológica y el ciberacoso se entrelazan y se potencian mutuamente, consolidándose
como un continuo que atraviesa las dinámicas escolares. Esta interacción sugiere que los entornos prob-
lemáticos no solo favorecen la aparición de múltiples formas de agresión, sino que tambié n complican la
identiĄcación, la intervención y la evaluación de impacto, especialmente cuando no existen protocolos
de monitoreo integral. Por ello, esta primera agrupación funciona como un punto de partida necesario
para comprender el alcance y la complejidad de las evidencias analizadas.
Tabla 1. Distribución general de los estudios según tipo de violencia escolar analizada.
Categoría N.º de
referencias
Porcentaje
Violencia física 6 30%
Violencia verbal/psicológica 9 45%
Ciberacoso 5 25%
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La clasiĄc ación correspondiente a la violencia física (Tabla 2) permitió observar que, si bien este
tipo de agresión suele ser la forma más visible y tradicionalmente asociada al fenómeno del bullying, su
comprensión en la literatura actual se vincula con factores más complejos que trascienden el contacto
físico directo. Los estudios incluidos en esta categoría mostraron que la violencia corporal aparece
frecuentemente acompañada de dinámicas estructurales como desigualdad, deterioro del clima escolar y
ausencia de regulación emocional. Asimismo, la evidencia sugiere que los comportamientos físicos agre-
sivos funcionan como manifestaciones Ąnales de procesos previos no resueltos, entre ellos experiencias
de victimización, inestabilidad familiar o deĄciencias institucionales en supervisión y normativa. Por
ello, esta categoría no solo permite reconocer los eventos agresivos explícitos, sino también entenderlos
como resultado de interacciones psicosociales profundas que afectan la convivencia escolar.
Tabla 2. Tipos de violencia encontradas en los estudios revisados
Referencia Principales aportes
[9] La crianza autoritativa disminuye agresión física y conductas violentas directas en
adolescentes.
[10] Los estilos parentales negligentes incrementan agresión física escolar.
[11] La supervisión parental deĄciente aumenta la probabilidad de peleas y agresiones
físicas.
[4] Problemas de salud mental predicen participación en agresión física y victimización.
[5] La desregulación emocional incrementa conducta física agresiva.
[7] La exposición a violencia intrafamiliar aumenta agresión física infantil .
[1] Evidencia prevalencia de p eleas y agresión física, especialmente en varones.
[14] Los programas SEL reducen agresión física y mejoran convivencia.
En cuanto a la violencia verbal/psicológica (Tabla 3), se pudo identiĄcar un patrón particularmente
relevante para el análisis educativo: estas manifestaciones suelen operar bajo formas sutiles de daño
emocional que permanecen normalizadas dentro de la cultura escolar. Los estudios incluidos en esta
categoría coinciden en que insultos, exclusión social, rumores o intimidación constituyen formas per-
sistentes de agresión que afectan la autoestima, el sentido de pertenencia y el rendimiento académico,
aun cuando no existan marcas visibles. Esto sugiere que las dinámicas relacionales se convierten en un
espacio privilegiado para la reproducción de violencia simbólica, especialmente en contextos donde el rol
docente y las políticas institucionales carecen de mecanismos explícitos de respuesta. En consecuencia,
esta clasiĄcación visibiliza un componente frecuentemente subestimado del fenómeno, pero decisivo
para comprender sus efectos a largo plazo.
Tabla 3. Estudios sobre violencia psicológica y emocional
Referencia Principales aportes
[8] La violencia psicológica temprana afecta regulación emocional y relaciones
posteriores.
[6] La exposición a violencia doméstica incrementa hostilidad emocional en la escuela.
[12] IdentiĄca agresión verbal y emocional hacia padres como patrón asociado a
desigualdades.
[2] Un clima escolar deteriorado incrementa insultos, amenazas y hostilidad verbal.
[20] Un clima positivo reduce agresiones psicológicas y exclusión social.
[13] Las intervenciones reducen acoso verbal, humillaciones y amenazas.
[16] Estudia microviolencias, coerción emocional y violencia simbólica.
[4] Salud mental como predictor de victimización psicológica.
[5] La disfunción emocional facilita violencia verbal y hostigamiento.
[14] Disminuyen conĆictos emocionales y acoso verbal.
En cuanto al ciberacoso (Tabla 4), la revisión reveló una dimensión emergente del fenómeno,
caracterizada por la expansión de la agresión más allá de los límites físicos de la escuela. Los estudios
agrupados en esta categoría evidencian que el entorno digital transforma la temporalidad, alcance y
permanencia del daño, al permitir la exposición pública, la repetición del mensaje y el anonimato del
agresor. A diferencia de las categorías anteriores, esta forma de violencia no depende de la interacción
presencial y se ve facilitada por la conectividad constante de los estudiantes. La presencia del ciberacoso
en la literatura consultada subraya la necesidad de desarrollar estrategias e ducativas actualizadas, que
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incluyan alfabetización digital crítica, protocolos institucionales claros y corresponsabilidad entre escuela,
familia y plataformas tecnológicas. Más que un fenómeno aislado, esta categoría muestra la evolución
de la violencia escolar hacia escenarios híbridos.
Tabla 4. Violencia por ciberacoso
Referencia Aporte especíĄco al análisis del ciberacoso
[17] Analiza cómo el uso de tecnologías en secundaria puede convertirse en un canal
para ejercer violencia psicológica y digital.
[18] Evalúa formación docente para prevenir violencia digital y fortalecer competencias
tecnológicas seguras.
[3] Promueve espacios seguros ŞZero ViolenceŤ que incluyen la prevención de
comportamientos agresivos online.
[16] Aborda la prevención de violencia de género, incluida la ejercida mediante redes
sociales entre adolescentes.
[5] Examina factores emocionales vinculados al bullying, incluyendo modalidades de
ciberacoso.
La Figura 2 muestra la distribución de casos o intervenciones identiĄcadas en la revisión sistemática
según el ámbito donde se maniĄestan los episodios de violencia o donde se ejecutan las estrategias pre-
ventivas: individual, familiar, escolar y comunitario. Los resultados permiten observar una concentración
evidente en el ámbito escolar, con un total de 55 registros, lo cual es consistente con la literatura que
señala a la escuela como el principal espacio de ocurrencia, detección y abordaje de conductas violentas.
En segundo lugar, aparecen los factores e intervenciones centradas en el individuo (48), lo que reĆeja
la relevancia de variables personales como la regulación emocional, la autoestima, el comportamiento
impulsivo y la victimización previa.
Fig. 2. Frecuencia de Factores de Riesgo en Estudios (n=65).
El ámbito familiar registra 42 casos, mostrando que, aunque menos visible en comparación con el
escolar, el entorno doméstico continúa siendo un componente estructural en la aparición de la violencia,
especialmente en relación con la dinámica disciplinaria, estilos parentales disfuncionales y exposición a
conĆictos. Finalmente, el nivel comunitario presenta el menor número (30), indicando que este tipo
de violencia se analiza con menor frecuencia desde una perspectiva contextual amplia, pese a que los
estudios enfatizan que la cohesión social, la seguridad del entorno y la presencia de redes de apoyo
inciden de manera signiĄcativa en la reproducción de patrones violentos.
La distribución sugiere que la violencia escolar es un fenómeno multicausal que requiere interven-
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ciones integrales y articuladas entre escuela, familia, comunidad y atención individual. El predominio
del ámbito escolar revela la urgencia de fortalecer estrategias preventivas institucionales, mientras que
los menores niveles en los otros ámbitos alertan sobre vacíos que deben ser atendidos para lograr una
comprensión verdaderamente sistémica del problema.
La Figura
3 presentada muestra la distribución de las principales manifestaciones de violencia esco-
lar identiĄcadas en la revisión sistemática, permitiendo comparar su prevalencia relativa dentro de los
estudios analizados. La violencia verbal aparece como la forma más recurrente con 60 registros, lo cual
coincide con la literatura que señala su carácter cotidiano, normalizado y frecuentemente invisibilizado
dentro de la dinámica escolar. Le sigue la violencia psicológica (58), evidenciando que las agresiones
emocionales, como humillaciones, exclusión y amenazas, constituyen un componente crítico en la ex-
periencia de víctimas y agresores. Por su parte, la violencia física muestra un nivel considerablemente
menor (35), lo que sugiere que, aunque más visible y sancionada, no representa la forma predominante
en entornos educativos. Finalmente, el ciberacoso (40) ocupa un lugar intermedio, reĆejando el crec-
imiento sostenido de las agresiones mediadas por tecnologías digitales y la ampliación del espacio de
vulnerabilidad más allá del aula. En conjunto, la Ągura reaĄrma que la violencia escolar es un fenó-
meno multidimensional, en el que las expresiones no físicas adquieren una centralidad signiĄcativa que
demanda estrategias de prevención especíĄcas y sensibles a las dinámicas relacionales entre estudiantes.
Fig. 3. Frecuencia de Manifestaciones de Violencia Escolar (n=65).
A. Discusión
Los resultados de la revisión conĄrman que la violencia escolar es un fenómeno estructural, con-
Ągurado por la interacción de factores individuales, familiares y escolares que se entrelazan de forma
dinámica. En el plano personal y familiar, diversos estudios muestran que la combinación de estilos
parentales autoritativos o inconsistentes, déĄcits en la autorregulación y antecedentes de victimización
o violencia doméstica incrementa signiĄcativamente la probabilidad de conductas agresivas en la escuela
[
9]Ű[6]. Así, problemas de salud mental y diĄcultades en el manejo emocional se asocian tanto con
el rol de agresor como con el de víctima [
4]Ű[5], mientras que la exposición prolongada a violencia
intrafamiliar y a relaciones parentales conĆictivas contribuye a la normalización de la agresión como
modo de relación [7]Ű[6]. Asimismo, factores so cioculturales como las tensiones étnicas y las dinámicas
de poder intergeneracionales, analizados en contextos familiares, complejizan los patrones de violencia
que luego se expresan en el entorno escolar [12].
En cuanto a las manifestaciones, los estudios empíricos revisados indican que las formas verbales y
psicológicas de violencia (insultos, burlas, exclusión, amenazas, rumores) tienden a ser más frecuentes
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que la agresión física, aunque esta última se mantenga presente en determinados contextos [4], [1],
[2]. La evidencia sugiere que estas modalidades Şmenos visiblesŤ tienen consecuencias emocionales de
alta intensidad sobre autoestima, sentido de pertenencia y trayectoria académica, especialmente cuando
se combinan con vulnerabilidades previas derivadas del entorno familiar [
4], [8], [6]. En este sentido,
los hallazgos del estudio realizado en adolescentes peruanos [1] y del seguimiento del clima escolar en
centros educativos chilenos [2] refuerzan la idea de que la violencia psicológica opera como un continuo
cotidiano más que como un evento aislado, y que sus efectos se acumulan en el tiempo.
El análisis del entorno escolar muestra, de forma consistente, que el clima institucional, la claridad
y coherencia de las normas y el rol del profesorado son determinantes en la escalada o mitigación de la
violencia. Investigaciones sobre clima y políticas escolares evidencian que centros con estructuras par-
ticipativas, normas explícitas y prácticas de convivencia sostenidas presentan menores tasas de agresión
y mejor percepción de seguridad [
2], [20]. En cambio, contextos con culturas escolares autoritarias,
comunicación deĄciente o aplicación discrecional de las normas tienden a reforzar la intimidación, la
impunidad y la desconĄanza entre estudiantes [1], [19]. Estos resultados respaldan los enfoques ecológi-
cos que conciben a la escuela no solo como escenario donde ocurre la violencia, sino como agente con
capacidad formativa y preventiva a través de sus normas, relaciones y dispositivos de apoyo [20], [13].
En relación con las estrategias de intervención, la revisión apunta a que los enfoques integrales y
multicomponente son más efectivos que las respuestas aisladas o exclusivamente punitivas. Programas
de aprendizaje socioemocional (SEL), intervenciones psicopedagógicas, dispositivos de acompañamiento
y propuestas de socialización preventiva muestran impactos signiĄcativos en la reducción del bullying y
en la mejora del clima escolar [
13], [14], [16]. Los meta-análisis sobre programas anti-bullying indican
reducciones sustantivas de la victimización y la agresión cuando las iniciativas se implementan de forma
sistemática, con participación docente y familiar, y con seguimiento en el tiempo [14], [15]. Experiencias
concretas como el Zero Violence Brave Club [3] evidencian que la construcción de espacios seguros,
basados en normas colectivas explícitas y en el ap oyo entre iguales, contribuye a disminuir la tolerancia
social hacia cualquier forma de maltrato en la escuela.
Un aspecto emergente en los resultados es el peso creciente de la violencia facilitada por tecnologías
digitales. Estudios recientes describen cómo el uso intensivo de dispositivos y plataformas en secundaria
ha abierto nuevas vías para la agresión, el control y la humillación entre pares [
5], [17]. La violencia
digital se caracteriza por su carácter persistente, su alcance ampliado y la diĄcultad para delimitar
fronteras entre escuela y hogar. Al mismo tiempo, la evidencia muestra que la formación especíĄca del
profesorado en detección y prevención de violencia digital mejora de manera signiĄcativa su capacidad de
intervención temprana [18]. En esta línea, iniciativas de socialización preventiva frente a la violencia de
género en contextos educativos incorporan de manera creciente la dimensión online, reconociendo que
los guiones relacionales y los imaginarios de poder también se reproducen en redes sociales y entornos
virtuales [3], [16].
Los estudios revisados convergen en señalar que la violencia escolar no puede abordarse como un
problema exclusivamente individual ni como un mero asunto disc iplinario. Se conĄgura en la inter-
sección de trayectorias familiares atravesadas por distintos tipos de violencia [
9]Ű[12], climas escolares
más o menos protectores [1]Ű[20] y políticas de intervención que, cuando son coherentes, integrales y
sostenidas, logran disminuir tanto las manifestaciones físicas como las psicológicas y digitales [13]Ű[16].
Persiste, sin embargo, la necesidad de fortalecer diseños metodológicos longitudinales y comparativos,
que permitan valorar con mayor precisión los efectos de los programas en el largo plazo y en distintos
contextos socioculturales. Esta agenda futura es clave para consolidar modelos de prevención que artic-
ulen familia, escuela y comunidad, y que integren de manera explícita la dimensión digital como parte
constitutiva de la experiencia escolar contemporánea.
CONCLUSIONES
Los resultados obtenidos permiten aĄrmar que la violencia escolar constituye un fenómeno sistémico
cuya comprensión exige integrar múltiples dimensiones analíticas. La evidencia muestra que la interac-
ción entre factores individuales, familiares, institucionales y comunitarios conĄgura escenarios diferencia-
dos de riesgo, lo que conĄrma la pertinencia de un enfoque biopsicosocial y ecológico para su abordaje.
Esta perspectiva reaĄrma que las expresiones de violencia en los espacios educativos no responden
a incidentes aislados, sino a patrones relacionales sostenidos por dinámicas de poder, desigualdad y
vulnerabilidad.
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Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es la predominancia de la violencia verbal y psi-
cológica por sobre la física, lo que revela un desplazamiento hacia formas más encubiertas, simbólicas y
persistentes de agresión. Estas expresiones, aunque menos visibles, presentan consecuencias profundas
en la identidad, la pertenencia y el bienestar emocional del estudiante, lo que evidencia la necesidad de
fortalecer mecanismos institucionales de detección temprana y acompañamiento.
El análisis también conĄrma que el clima escolar, la claridad normativa y el rol docente son factores
decisivos en la persistencia o mitigación de la violencia. Las instituciones educativas que promueven
participación, cohesión, justicia relacional y acompañamiento presentan menores índices de agresión, lo
que valida la inĆuencia del ambiente escolar como agente protector o de riesgo.
De manera que, las intervenciones revisadas demuestran que los enfoques integrales, particularmente
aquellos basados en alfabetización emocional, mediación, participación comunitaria y acompañamiento
continuo, resultan más efectivos que las acciones punitivas o aisladas. La reducción sostenible de la vio-
lencia demanda consistencia, continuidad y una acción colaborativa entre familia, escuela y com unidad.
En este sentido, futuras investigaciones deberán profundizar en evaluaciones longitudinales, incluir en-
foques interc ulturales y explorar herramientas digitales para prevención e intervención, especialmente
frente al aumento del ciberacoso y las nuevas formas de violencia mediada por tecnología.
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AUTORA
Rosa Hivane Liviapoma Timoteo es docente de Educación Secundaria en
la especialidad de Lengua y Literatura, egresada de la Escuela de Educación
Superior Pedagógica Pública de Piura. Cuenta con estudios de bachiller
en Educación.
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