
ISSN-e: 2542-3401
Período: octubreŰdiciembre, 2025
Universidad, Ciencia y Tecnología
Vol. 29, Núm. 129 (pp. 95Ű104)
que la agresión física, aunque esta última se mantenga presente en determinados contextos [4], [1],
[2]. La evidencia sugiere que estas modalidades Şmenos visiblesŤ tienen consecuencias emocionales de
alta intensidad sobre autoestima, sentido de pertenencia y trayectoria académica, especialmente cuando
se combinan con vulnerabilidades previas derivadas del entorno familiar [
4], [8], [6]. En este sentido,
los hallazgos del estudio realizado en adolescentes peruanos [1] y del seguimiento del clima escolar en
centros educativos chilenos [2] refuerzan la idea de que la violencia psicológica opera como un continuo
cotidiano más que como un evento aislado, y que sus efectos se acumulan en el tiempo.
El análisis del entorno escolar muestra, de forma consistente, que el clima institucional, la claridad
y coherencia de las normas y el rol del profesorado son determinantes en la escalada o mitigación de la
violencia. Investigaciones sobre clima y políticas escolares evidencian que centros con estructuras par-
ticipativas, normas explícitas y prácticas de convivencia sostenidas presentan menores tasas de agresión
y mejor percepción de seguridad [
2], [20]. En cambio, contextos con culturas escolares autoritarias,
comunicación deĄciente o aplicación discrecional de las normas tienden a reforzar la intimidación, la
impunidad y la desconĄanza entre estudiantes [1], [19]. Estos resultados respaldan los enfoques ecológi-
cos que conciben a la escuela no solo como escenario donde ocurre la violencia, sino como agente con
capacidad formativa y preventiva a través de sus normas, relaciones y dispositivos de apoyo [20], [13].
En relación con las estrategias de intervención, la revisión apunta a que los enfoques integrales y
multicomponente son más efectivos que las respuestas aisladas o exclusivamente punitivas. Programas
de aprendizaje socioemocional (SEL), intervenciones psicopedagógicas, dispositivos de acompañamiento
y propuestas de socialización preventiva muestran impactos signiĄcativos en la reducción del bullying y
en la mejora del clima escolar [
13], [14], [16]. Los meta-análisis sobre programas anti-bullying indican
reducciones sustantivas de la victimización y la agresión cuando las iniciativas se implementan de forma
sistemática, con participación docente y familiar, y con seguimiento en el tiempo [14], [15]. Experiencias
concretas como el Zero Violence Brave Club [3] evidencian que la construcción de espacios seguros,
basados en normas colectivas explícitas y en el ap oyo entre iguales, contribuye a disminuir la tolerancia
social hacia cualquier forma de maltrato en la escuela.
Un aspecto emergente en los resultados es el peso creciente de la violencia facilitada por tecnologías
digitales. Estudios recientes describen cómo el uso intensivo de dispositivos y plataformas en secundaria
ha abierto nuevas vías para la agresión, el control y la humillación entre pares [
5], [17]. La violencia
digital se caracteriza por su carácter persistente, su alcance ampliado y la diĄcultad para delimitar
fronteras entre escuela y hogar. Al mismo tiempo, la evidencia muestra que la formación especíĄca del
profesorado en detección y prevención de violencia digital mejora de manera signiĄcativa su capacidad de
intervención temprana [18]. En esta línea, iniciativas de socialización preventiva frente a la violencia de
género en contextos educativos incorporan de manera creciente la dimensión online, reconociendo que
los guiones relacionales y los imaginarios de poder también se reproducen en redes sociales y entornos
virtuales [3], [16].
Los estudios revisados convergen en señalar que la violencia escolar no puede abordarse como un
problema exclusivamente individual ni como un mero asunto disc iplinario. Se conĄgura en la inter-
sección de trayectorias familiares atravesadas por distintos tipos de violencia [
9]Ű[12], climas escolares
más o menos protectores [1]Ű[20] y políticas de intervención que, cuando son coherentes, integrales y
sostenidas, logran disminuir tanto las manifestaciones físicas como las psicológicas y digitales [13]Ű[16].
Persiste, sin embargo, la necesidad de fortalecer diseños metodológicos longitudinales y comparativos,
que permitan valorar con mayor precisión los efectos de los programas en el largo plazo y en distintos
contextos socioculturales. Esta agenda futura es clave para consolidar modelos de prevención que artic-
ulen familia, escuela y comunidad, y que integren de manera explícita la dimensión digital como parte
constitutiva de la experiencia escolar contemporánea.
CONCLUSIONES
Los resultados obtenidos permiten aĄrmar que la violencia escolar constituye un fenómeno sistémico
cuya comprensión exige integrar múltiples dimensiones analíticas. La evidencia muestra que la interac-
ción entre factores individuales, familiares, institucionales y comunitarios conĄgura escenarios diferencia-
dos de riesgo, lo que conĄrma la pertinencia de un enfoque biopsicosocial y ecológico para su abordaje.
Esta perspectiva reaĄrma que las expresiones de violencia en los espacios educativos no responden
a incidentes aislados, sino a patrones relacionales sostenidos por dinámicas de poder, desigualdad y
vulnerabilidad.
Liviapoma R. Violencia escolar: revisión sistemática de factores de riesgo, manifestaciones y estrategias
de intervención
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